jueves 2 julio 2020
¿Quiénes somos?
Manifiesto

El viejo mundo muere…

La flecha nativa de los nahuas cruzó la pierna del invasor en Acaxual, y lo dejó cojeando hasta su muerte. El espíritu de aquel disparo, la defensa inequívoca e irrenunciable de la soberanía de los pueblos, también atravesó la historia y es presente en cada uno de sus pasajes. Esa historia de resistencia es nuestra, y ha sido escrita por los pueblos.

A las puertas del primer cuarto del siglo XXI, es urgente pensarse (y re pensarse) las condiciones de un planeta en permanente estado de emergencia. El culpable ya es un viejo conocido: una estructura económica y cultural tan anciana como la sociedad misma, pero que conserva su capacidad de verse siempre más joven incluso que nosotros. Víctima de sus propias crisis, pero hábil como nadie para recomponer sus propias entrañas.

En América, y particularmente en El Salvador, el sistema ha sabido montar un teatro que, si no fuera una antesala a la barbarie, bien se habría ganado un reconocimiento. Vestido con discurso “antisistema” y haciendo uso de nuestros propios símbolos, el fantasma neoliberal ha vuelto a deambular por los pasillos de la opinión pública, filtrándose entre las grietas que la misma izquierda no fue capaz de cerrar. Los anhelos insatisfechos de una gran mayoría de salvadoreñas y salvadoreños, alimentados por una sofisticada maquinaria de manipulación mediática, consumaron lo que algunos creían imposible. Hoy no faltan quienes, con aires del Muro de Berlín y la Perestroika, pregonan un nuevo “fin de la historia”.

La izquierda salvadoreña, una vez más, se planta ante sí frente al espejo. Su rostro ha sido herido por la mano adversaria, pero también hay cicatrices de la propia mano.

Lo nuevo que comienza a aparecer.

Antes que nosotros, miles han dicho que ni al cortar todas las flores se podría detener la primavera. Y aunque la postverdad dominante no descanse en latigar nuestras consignas, la izquierda tiene profundas raíces en la resistencia de los pueblos, y esta izquierda ya aguantó hasta revivir después de fusilada. Un nuevo momento en esta historia vendrá acompañado (sí y solo sí) de una nueva generación de militantes revolucionarios, anunciados por las páginas de quienes les antecedieron, y comprometidos con escribir los párrafos que le corresponden.

Por eso ahora, en el claroscuro donde surgen los monstruos, el momento para hablar sobre una izquierda joven es este.

Para hablar sobre una izquierda joven que no es izquierda única, ni omnipotente, ni alimenta reciclajes o pragmatismos. Que no es joven porque desplaza o sustituye, ni anula la propia historia, ni se divorcia de la memoria de resistencia de quienes la antecedieron. Mucho menos es “izquierda renovada”, como otra forma de decir “izquierda domesticada”.

Momento de hablar sobre una izquierda joven que es izquierda desde abajo. Izquierda en colectivo. Izquierda que se mira hacia dentro, que se cuestiona, que rectifica. Izquierda joven que es defensora de la verdad, aún si esa verdad es dura para sí misma.

Izquierda joven que comprende las dimensiones revolucionarias de la propia conducta, la coherencia entre la práctica y el discurso. Que construye y desconstruye conceptos que por siglos se han enquistado en la cotidianidad del pueblo. Que reivindica sus símbolos y conceptos históricos, pero que sabe hablar en los lenguajes actuales sin dejar en ellos la propia lucidez. Izquierda que democratiza la acción y la palabra.

Izquierda joven que constituye su propia forma de militancia. Que se levanta cada mañana a descubrir al invasor. Que anuncia el principio del fin de una barbarie. Que significa sentir en lo más hondo cualquier injusticia, en cualquier parte del mundo. Que plantea sentido del momento histórico para cambiar lo que debe ser cambiado.

Este es el espacio de esa Izquierda Joven.

No somos las ovejas descarriadas del redil: damos nuestro aporte para la transformación colectiva. Somos más que nuestros nombres y los rostros: nos hemos comprometido a continuar el legado de cada uno de los que han dado la lucha. Somos la generación que decidió salir a marchar, y no marcharse.

Y sí, seremos encarados por aquellos que por siglos han negado que otro mundo es posible. Torcerán, cuestionarán, atacarán, convidarán a indefinirnos… pregonarán una vez más que nuestra causa está perdida. Pero esa es justamente la tarea que asumimos: hacer uso de la voz y militar la resistencia.

Ahora llega nuestro turno, el turno de los ofendidos. Y la historia nos absolverá.